ALBORES DE AMOR DEL JOVEN GALBRIET           


                            PROLOGO




      Hace algunos años, no muchos. Era un domingo 18 diciembre del 2004 de tarde gris, fría y lluviosa, yo tomaba tranquilamente una cerveza y con ligera nostalgia miraba, atreves de los cristales del Bar Tres Tomb, la lluvia caer y el pasar de gente de un lado a otro.  Muchos de ellos iban con paragua, otros corrían en un intento de mojarse lo menos posible y otros parecían esperar pacientemente, bajo los portales del mercado de San Antonio, a que la lluvia amainase un poco para proseguir su camino.
     El Bar estaba lleno de gente joven, unos, como yo, miraban el paisaje exterior por las amplias cristaleras que formaban las paredes delanteras del bar; otros charlaban amigablemente con sus compañeros. En un momento, como guiado por la sintonización de una misma frecuencia mire al frente, hacia la puerta, y vi al joven Galbriet que hacia su entrada al establecimiento secándose con sus manos sus rubios y rojizos cabellos de irlandés y sé sentó a mi lado.
     -¡Hola, Galbriet! ¿Qué tal todo bien? –le pregunte con una ligera sonrisa y sin mayor interés.
     -Bien en general, pero de amor mal, pero creo, como se suele decir, que el tiempo borrara sus huellas, por lo demás; todo bien.
      -Sí, el tiempo a veces es un buen aliado para comprender cosas y suplantar amores y olvidar historias que no han ido bien –le dije, moviendo ligeramente  la cabeza de arriba abajo para confirmar  mi opinión.
     -Toma – me dijo, alargándome una carpeta que recogía unos cuantos folios escritos a mano-, es para que lo leas son unos cuantos poemas y unas cartas que he escrito describiendo mi estado de ánimo, recordando mi relación con Melina y todo lo que supone para mí que me haya dejado. Entre otras cosas ha provocado en mis lágrimas de desdicha y una feroz melancolía y nostalgia.
     -Bueno, tienes porte y palabras de poeta, no creo que tardes mucho en enamorarte y ser correspondido. Espero que no caigas –le dije en broma- en la tentación de algunos románticos del siglo XVIII y XIX que hicieron de su desengaños amorosos un camino para ensalzar su desdicha y abocarse a la tragedia como forma de curar su fiebre amorosa.
     -Yo no diría tanto, pero me duele en el corazón pensar que ya no me quiere y que hay otra persona a la que ama más que a mí y se entrega a él; pensar eso me duele mucho. Me pregunto ¿Cómo una persona de un día para otro, puede dejar de amar al que ama? Y solo encuentro una respuesta: El interés personal, el interés material.
     -Buena parte de la vida es interés –le dije- y no siempre eso es malo; siempre buscamos, por lógica, lo mejor para nosotros, lo que más nos conviene, lo que más nos satisface y las cuestiones de amores no son menos.
     -No, sé; prefiero no pensar -me dijo.
     -Pues no pienses Galbriet -le conteste.
     -Eso intento -me respondió con ojos y mirada cansada.
-¿Quieres una cerveza?
-No, gracias José, me tengo que marcha he quedado con un amigo, nos queremos ir pasado mañana a Indonesia y estar unos 15 o veinte días. Léetelo, por favor –me dijo señalando la carpeta- y me dices que te parece. Cuando vuelva de Indonesia te llamo y quedamos aquí y comentamos, sí quieres, esto que he escrito -me dijo señalando la carpeta que contenía los folios y que era de un azul claro.
-Bien te prometo que lo leeré y estaré encantado de comentarlo contigo.
-Son poemas dedicados a ella; lo que pienso de ella, como me encuentro por el solo hecho de no estar con ella. Me sabe mal darle la paliza a la gente con mis rollos de amor.
-No te preocupe, me gusta hablar contigo.
-Gracias, José; ahora me tengo que ir. He venido especialmente para verte, sé que los domingos por las mañanas vienes a tomar un café y a leer el diario. Cuando vuelva te llamaré y quedamos para tomar unas cervezas y hablamos, comentamos cosas y hablamos de lo escrito aquí.
-Bien, me parece muy bien Galbriet, gracias por dejarme este trabajo para que lo lea.
-De nada, gracias a ti José, me gusta charla contigo y ya que lo tenía escrito lo he ordenado y me he dicho:
-Porqué, no sé lo das a José que lo lea, te dé su opinión y sí es positiva lo publicas; y aquí estoy.
-Pues, nada gracias; a la vuelta nos vemos y comentamos. Así, que pasaras las navidades y año nuevo en Indonesia.
-Sí, estaré con un amigo hasta el 4 de enero.
-Pues, feliz Navidad y año nuevo.
-Lo mismo te digo, José – me dijo extendiéndome su mano derecha.
Nos dimos un apretón de mano y nos deseamos suerte.


   

      Han pasado unos cuantos años desde aquel día y desde entonces no he sabido nada de él. Nunca más he vuelto a verlo ni he recibido una llamada de él, yo le he llamado mucha veces al número de móvil que me paso, pero nunca me contesto, y cuando lo hicieron fue para decirme que me equivocaba y a la pregunta cuánto tiempo llevaba con ese número de teléfono me dijo que unos seis meses.
Busque encontrarme con sus amigos a los que conocía de haberlo visto hablando con él en algunos locales del Raval, les pregunte sobre el paradero de Galbriet y me dijeron que hacía mucho tiempo, desde diciembre del 2004, que no tenían noticias de él, y temían que el tsunami de Indonesia lo habría arrastrado y su cuerpo reposaría en algún lugar de aquellas lejanas tierras.
Todos sabíamos que era irlandés, pero por mis preguntas y las respuestas que obtuve de sus conocidos llegue a la conclusión que nadie sabía de qué lugar de Irlanda era ni la dirección de alguno de sus familiares. Ni siquiera la chica a la que amo, y que hace mención en estos poemas y carta, sabía nada de sus parientes o lugar de nacimiento o de qué lugar de Irlanda provenía.
Contaba con diecisiete años cuando llego a Barcelona para realizar algunos cursos de filosofía y en unas de esas tardes de verano en el Bar Zúrich fue cuando se encontró con Melina y estableció con ella una relación.
     Era un joven alto, de cabellos rubio rojizo, de buen parecido y de mirada fija y penetrante, que destilaba muchas veces conocimiento y le daba una expresión de serio, pero cuando uno hablaba con él, el registro de su rostro mostraba variedad y era las más de las veces fresco y alegre .
 Siempre llevaba un libro encima; bien de poesía bien, novelas, ensayos, libros de física, matemáticas, de filosofía y otras ciencias, se le podía ver en cualquier sitio leyendo: un semáforo, en el metro, en un portal, en un bar, en un banco incluso en bares musicales y alguna que otra discoteca.
   Él tenía 19 años cuando me dio aquella carpeta con aquellos folios escrito a mano y en castellano. Le pregunte sí lo había escrito en inglés antes y me contesto que no, que lo había escrito directamente en castellano porque tenía pensado enviárselos a Melina. También me conto que le gustaba escribir en español, que desde los cinco años lo había estudiado en la escuela y había leído mucho a escritores y poetas de la generación del veintisiete.   
   
     Los años pasados me han parecido suficientes como para darme el permiso de publicar los escritos de mi joven amigo. Aún confió, que un día, aparezca por este barrio de Raval, estreche su mano y le entregue este libro para decirle: Esto es tuyo.



    -Domingo-


   Hoy es domingo y mi cuerpo se mueve en el desánimo.
Una inmensa soledad me abate.
Una extraña melancolía de recuerdos y silencios me acompaña por
Estas calles desiertas, vacías de ánimo.

   Hoy es domingo, quisiera encontrarme con alguien, los amigos estarán vomitando, no hay nadie en estas calles, es domingo, que se puede esperar de un domingo; si no vacío y silencio.
   
   Hoy es domingo, una infinita melancolía me entristece,
un torrente de recuerdos me desarbolan,  me desconsuela y apenan.
  
   Hoy es domingo, los domingos, son tardes de soledad,
Tardes vacías, de silencio y donde no encuentras a nadie.

    Hoy es domingo, quisiera llamarte, hablar contigo, pero es tarde,
 no sé si debo.
Cuanto silencio y desasosiego, cuanta melancolía y tristeza hay en mis pensamientos. 

  Hoy es domingo, no me gustan los domingos;
me invade la tristeza y la melancolía;  por las tardes no encuentras a nadie a quien sonreír.





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